
Este fin de semana hubo una
masacre en Bagua, en la selva peruana. Los nativos estaban en paro desde hacía casi dos meses y habían bloqueado la carretera Fernando Belaúnde, demandando que el Estado no les quite sus tierras. El Estado,
por supuesto, no pensaba quitarle sus tierras, solo había cambiado la normativa para poder dar en concesión a un par de empresas extranjeras la tierra
que no es de sus pobladores sino de todos los peruanos. A partir del indignante hecho, leí en los diarios y oí en la radio a Alan García, a sus ministros Yehude Simon y Mercedes Cabanillas entre otros personajes (
lo de Aldo Mariátegui, director de un diario de extrema derecha en Lima y nieto de José Carlos Mariátegui, en un síntoma paradójico de la realidad contemporánea peruana); y recordé la época de los caucheros, de la que sólo sé por libros que he leído, y pensé en muchos libros y autores (desde el propio José Carlos Mariátegui o Luis Millones hasta Foucault, Benedict Anderson, Bordieu o Badiou), cuyas lecturas tendrían que habernos liberado para siempre de situaciones como esta. Entonces comencé a preguntarme, ¿qué influencia ejercen los libros sobre sus lectores? Porque algunos libros interesantes deben haber leído Alan García y Yehude Simon. Así, me encontré con esto, que escribe Gabriel Zaid en
Los demasiados libros y que comparto:
"Habrá que preguntarse, también, sobre la influencia del libro. Está claro que existe, pero no cómo funciona, ni qué tanto pesa, ni qué tan buena o mala es.
La hipótesis tradicional tiene un formato evangélico: la semilla se arroja, y en parte se pierde o cae en tierra estéril, o se ahoga o da muy poco fruto; pero unos pocos escogidos, de los muchos llamados, responderán transformando su vida y la de otros, multiplicando la influencia. Así se extienden las ideas, sobre todo si llegan a penetrar a quienes tienen el poder, o si los que tienen las ideas llegan al poder. Así se establece un diálogo o tradición a través del espacio y de los siglos, y algunos análisis de Aristóteles imprimen su carácter en las lenguas europeas y moldean las categorías mentales de cientos de millones que ni siquiera han leído a Aristóteles. Así, ese diálogo se va anudadno en hitos sobresalientes y permite ver, por ejemplo en la serie Hegel-Marx-Castro, cómo una influencia intelectual poderosa rige secretamente los hilos de la historia.
Todo esto es muy bonito y muy consolador, sobre todo para los que venden muy pocos ejemplares de sus libros y piensan que, después de todo, Hegel vendía menos. Pero puede ser simplemente eso: una manera de ahuyentar la pesadilla de la hipótesis contraria, tampoco demostrada, pero no menos difundida: que escribir es ponerse al margen de la realidad. Sócrates no creyó en la importancia de escribir. Rimbaud y Juan Rulfo dejaron de hacerlo. Muchos religiosos y revolucionarios se han sentido culpables y narcicistas cuando se han sumergido en una acción (la de escribir) cuyas consecuencias son tan poco claras. Los sentimientos de culpa de la gente que escribe son conocidísimos, y en parte explican la obsesión de poner la pluma al servicio de «causas útiles», para sentirse menos inservibles. Si pudimos esperar hasta 1966 para tener en español la Fenomenología del espíritu, sin que se haya caído el mundo de habla española por falta de Hegel, y si ahora que tenemos la traducción seguimos sin leerla, y si Castro declara públicamente que no ha leído más que las primeras páginas de El capital, ¿de qué estamos hablando al hablar de influencia de los libros, ya no digamos en las masas?
Habría que distinguir y medir separadamente un cúmulo de fenómenos distintos en la llamada influencia del libro. Una cosa es el renombre de autores o títulos, otra la venta efectiva de ejemplares, otra la lectura de los mismos, otra la asimilación y difusión del contenido, otra los nexos causales entre los fenómenos anteriores (renombre, venta, lectura, asimilación, difusión) y los hechos observables en el comportamiento del público.
Se puede tener renombre de escritor sin haber escrito un libro, o, en caso de haberlo escrito, sin que se venda, o, en caso de que se venda, sin que se lea, o, en caso de que se lea, sin que nada cambie. Se puede vender mucho sin tener renombre. O se puede influir mucho sin haber escrito. Se trata de una constelación de fenómenos próximos, pero distintos.
Y todo está por estudiarse. ¿Sirve realmente la «poesía comprometida»? ¿Daña realmente la literatura pornográfica? Los suicidas wertherianos, de no leer el Werther, ¿se hubieran suicidado? La lectura de Marx, ¿produjo el 26 de julio en Cuba? La lectura de los evangelios, ¿produjo el bombardeo de Hiroshima?"
Cierro el libro de Zaid y no me siento más tranquilo. Al contrario, como editor, como lector y como ciudadano me siento más inquieto, y comparto la inquietud, la indignación (porque Bagua y una historia que no cesa de repetirse) y la esperanza.